Por debajo la canícula
Entonces Jacinta, exponiendo su barriga flácida al sol, se sinceró: “Era un padrecito bien querido, bien buen mozo. A muchas nos gustaba. En esa época éramos dos las que salíamos en serio con padrecitos. Luego, pasó en un santiamén ¿ve?, me dejó cargada. Yo estaba bien enamorada, le conté. El dijo que se iba un rato y que luego volvía pa’ casarse conmigo. Y me la hizo nomás. No volvió y tuve que criar solita a mi chico. Mi madre, cuando se le pasó el colerón, me colaboraba y me colabora, claro… Pasé muchas cosas y aprendí harto, ¿sabe?”.
La misionera suspira desalentada. Piensa en el sol que no cede un minuto de tregua y en la dudosa ayuda que brinda la Iglesia Católica en las tierras chiquitanas. Aquí pasa de todo -se dice-, recordando la lista de aberraciones que se toman por naturales en el pueblo. Ha visto de cerca casos de incesto y sus secuelas, violaciones de padres alcoholizados, abandono de hogar… Jacinta es sólo una más de las jovenzuelas preñadas por curas de paso.
“Qué bueno que aprendiste. Que ya no te vuelva a pasar…”, reflexiona, tratando de sonar optimista. “Pues sí señorita, ahoringa ando sin hombre; sola, tranquila. Lo que sí, de última me empieza a gustar otro”. “Eso no está mal. Puedes enamorarte de nuevo, eres joven”. “Si”, dice Jacinta con un brillo en la voz. Luego levanta sus ojos cansados al sol y se pone la mano como visera sobre la cabeza. “Ey, ¡qué buena! Allá va el que me gusta. ¿Quiere que se lo muestre?”. “¿Por qué no?”, responde la misionera, restregándose el sudor de la frente. “Es ese que está por la fuente de la plaza”, señala Jacinta, y la misionera siente que su cabeza va a explotar en el bochorno de la tarde al divisar la sotana del joven alto y blancón que se aproxima para saludarlas.
jueves, 8 de enero de 2009
martes, 6 de enero de 2009
Cuentitus /Textos ESB, Dibujos Narda One
Memorias de vapor y escarcha
Fue después del segundo encuentro de sus cuerpos cuando, en medio de susurros amorosos y confesiones entrecortadas, él le habló de Sandrine. Lo primero que dijo fue que a ella le gustaba la tina sin burbujas y el agua clara. Luego de una pausa llena de melancolía, contó más… Amapola, después del primer asombro, lo escuchó en silencio, con atención; y con los ojos entrecerrados, imaginó la escena: él acariciando aquel cuerpo blanco de europea, ella escribiendo mensajes y bromas en clave en el vapor de la cortina plástica. En los días siguientes, con frecuencia, le asaltaban pensamientos de Sandrine y la bañera.
A Sandrine le encantaba usar una gabardina roja que le llegaba a mitad de la canilla; y el día que partió, cortó sus cabellos al ras. Sandrine tenía el empeine con el arco pronunciado por el ballet, se torcía el tobillo con frecuencia y gustaba de sentir el viento helado en las palmas de las manos, por entre los dedos extendidos. Sus palabras eran escasas y torpes, sus caricias atrevidas, lentas. Amapola coleccionaba piezas del recuerdo de Sandrine.
Javier no supo si la primera vez se refirió a ella como uno se refiere a un objeto precioso, si es que sólo había pensado en voz alta. Ahora no podría decir si en el fondo lo había hecho por vanidad, es decir, para ofrecer una imagen interesante de sí mismo –el boliviano que perdió la virginidad con una chica de otro país– o ¿fue para provocar celos? Lo cierto es que cuando creyó que sus comentarios incomodaban a su pareja
–hablaba de Sandrine y las blanquísimas mejillas de Amapola enrojecían sin una palabra– los suspendió de golpe, con remordimiento.
Pero una mañana, en el desayuno, Amapola preguntó con familiaridad: ¿Recuerdas acaso si le gustaban las empanadas de queso y jamón? Y Javier tardó en comprender que se refería a Sandrine. Sí, no sé… tal vez. De eso no me acuerdo… pero lo que le gustaba seguro eran los buñuelos y la miel de caña, respondió confundido. Desde entonces, la francesa pasó a ser tema corriente de sus pláticas. Amapola indagaba directamente sobre ella, o hacía comentarios del tipo: esto seguro que le hubiera gustado. O, ¿ves?, lo mismo te decía ella... Como si la conociera de antes. Y a él acabó por complacerle el interés con el que su enamorada seguía la narración del pasado romance.
Hasta llegó a creer que los recuerdos que atesoraba eran parte de sus atributos personales, como lo eran su voz varonil o su talento para la cocina. Que haber sido capaz de amar intensamente, hasta el punto de compartir con quien sabe quien a aquella mujer extraordinario, lo hacía más interesante. Y le conmovía la sensibilidad de Amapola, capaz de valorar esa historia. Me quiere tanto –se decía– que puede dejar en suspenso los celos y admirar a Sandrine. Tal que casi sin darse cuenta de lo que hacía, empezó a inventar. Primero lo de los baños de arena, era lindo imaginar los cabellos de Sandrine en desorden y su rostro de durazno emergiendo de la greda; luego su afición por subir a la pampa y escabullirse en medio de rebaños de ovejas, balando como ellas, entre ellas, una más. Eso era algo que perfectamente podía esperarse… Así, iba rellenando los vacíos de la memoria de Sandrine.
Al cabo de tantos inventos, la lejana amante dejó de lastimar. Finalmente se había transformado en una especie de leyenda o personaje de ficción. Mientras que para Amapola, sucedía a la inversa. Sandrine iba ganando espacio y se había instalado perturbadora entre sus vidas.
Javier no pudo evitar que colgara de las paredes de la casa que compartían la única foto que conservaba de ella. A regañadientes, la acompañó a comprar un abrigo rojo como el de Sandrine. Y acabó por desagradarle que delante de sus amigos hablara de la “ex de su novio” con naturalidad y hasta cariño. Sin embargo, pese a sus rarezas, Javier estaba cada vez más enamorado de Amapola.
Y así iban las cosas, hasta que una mañana, no diferente a cualquier otra, Javier regresó del trabajo para descubrir a su novia muy exaltada: Mira. Encontré su foto en el periódico. Ha vuelto. No hay error, es idéntico el nombre, mismo rostro, y el cuello delgado... Hasta el lunar en su frente es exacto. Viene con el grupo de trapecistas que se presenta mañana. Tenemos que ir… Amapola no puede concebir que no quiera verla. Tienes que ir. Lo acusa de indiferencia, lo llama infiel. Pero si es tu Sandrine. Es nuestra Sandrine; repite desconcertada. Y Javier enojado, no cede. En el fondo siente horror ante la idea de ver nuevamente a la alocada francesa. Le asusta ver a su pareja así, arrebatada.
A la noche siguiente, Amapola se alista para salir. Javier casi no la mira, adivina cosas… sus cabellos recién recortados y el abrigo rojo que estrena. No se dicen más nada, sólo se escucha la puerta cerrar como una sentencia. Ella se ha marchado y él no necesita inventar ni imaginar nada para sentir, por segunda vez, una angustia gélida.
Poco más tarde, Amapola, en medio de decenas de espectadores, aplaude a contorsionistas de lentejuela. El acto final acaba de iniciar. Sandrine ha quedado sola en el trapecio. Es ella sin duda, la de las plumas alargadas y rojas. Anunciaron tres vueltas mortales y ya se escucha el redoble. Amapola se sonroja y apretando los labios, mira con atención. Adivina la sonrisa desafiante en el rostro de la trapecista, la temperatura de su cuerpo. El sudor transparente perlando la porcelana, allá en lo alto, y en su propia piel. Porque la adrenalina sube también para ella, imaginando lo que vendrá después. Después, cuando acabe perfectamente de pié y haga la venia en medio de aplausos, y más venias. Y todavía después de la fría espera en la puerta del teatro. El asombroso reencuentro, los besos, el reconocimiento de sus bocas de almendra y luego, por supuesto, en medio de una bañera clara, el vapor de sus cuerpos blancos.
A esa misma hora las lágrimas de Javier son escarcha. ¿Derretirán después?
Fue después del segundo encuentro de sus cuerpos cuando, en medio de susurros amorosos y confesiones entrecortadas, él le habló de Sandrine. Lo primero que dijo fue que a ella le gustaba la tina sin burbujas y el agua clara. Luego de una pausa llena de melancolía, contó más… Amapola, después del primer asombro, lo escuchó en silencio, con atención; y con los ojos entrecerrados, imaginó la escena: él acariciando aquel cuerpo blanco de europea, ella escribiendo mensajes y bromas en clave en el vapor de la cortina plástica. En los días siguientes, con frecuencia, le asaltaban pensamientos de Sandrine y la bañera.
A Sandrine le encantaba usar una gabardina roja que le llegaba a mitad de la canilla; y el día que partió, cortó sus cabellos al ras. Sandrine tenía el empeine con el arco pronunciado por el ballet, se torcía el tobillo con frecuencia y gustaba de sentir el viento helado en las palmas de las manos, por entre los dedos extendidos. Sus palabras eran escasas y torpes, sus caricias atrevidas, lentas. Amapola coleccionaba piezas del recuerdo de Sandrine.
Javier no supo si la primera vez se refirió a ella como uno se refiere a un objeto precioso, si es que sólo había pensado en voz alta. Ahora no podría decir si en el fondo lo había hecho por vanidad, es decir, para ofrecer una imagen interesante de sí mismo –el boliviano que perdió la virginidad con una chica de otro país– o ¿fue para provocar celos? Lo cierto es que cuando creyó que sus comentarios incomodaban a su pareja
–hablaba de Sandrine y las blanquísimas mejillas de Amapola enrojecían sin una palabra– los suspendió de golpe, con remordimiento.
Pero una mañana, en el desayuno, Amapola preguntó con familiaridad: ¿Recuerdas acaso si le gustaban las empanadas de queso y jamón? Y Javier tardó en comprender que se refería a Sandrine. Sí, no sé… tal vez. De eso no me acuerdo… pero lo que le gustaba seguro eran los buñuelos y la miel de caña, respondió confundido. Desde entonces, la francesa pasó a ser tema corriente de sus pláticas. Amapola indagaba directamente sobre ella, o hacía comentarios del tipo: esto seguro que le hubiera gustado. O, ¿ves?, lo mismo te decía ella... Como si la conociera de antes. Y a él acabó por complacerle el interés con el que su enamorada seguía la narración del pasado romance.
Hasta llegó a creer que los recuerdos que atesoraba eran parte de sus atributos personales, como lo eran su voz varonil o su talento para la cocina. Que haber sido capaz de amar intensamente, hasta el punto de compartir con quien sabe quien a aquella mujer extraordinario, lo hacía más interesante. Y le conmovía la sensibilidad de Amapola, capaz de valorar esa historia. Me quiere tanto –se decía– que puede dejar en suspenso los celos y admirar a Sandrine. Tal que casi sin darse cuenta de lo que hacía, empezó a inventar. Primero lo de los baños de arena, era lindo imaginar los cabellos de Sandrine en desorden y su rostro de durazno emergiendo de la greda; luego su afición por subir a la pampa y escabullirse en medio de rebaños de ovejas, balando como ellas, entre ellas, una más. Eso era algo que perfectamente podía esperarse… Así, iba rellenando los vacíos de la memoria de Sandrine.
Al cabo de tantos inventos, la lejana amante dejó de lastimar. Finalmente se había transformado en una especie de leyenda o personaje de ficción. Mientras que para Amapola, sucedía a la inversa. Sandrine iba ganando espacio y se había instalado perturbadora entre sus vidas.
Javier no pudo evitar que colgara de las paredes de la casa que compartían la única foto que conservaba de ella. A regañadientes, la acompañó a comprar un abrigo rojo como el de Sandrine. Y acabó por desagradarle que delante de sus amigos hablara de la “ex de su novio” con naturalidad y hasta cariño. Sin embargo, pese a sus rarezas, Javier estaba cada vez más enamorado de Amapola.
Y así iban las cosas, hasta que una mañana, no diferente a cualquier otra, Javier regresó del trabajo para descubrir a su novia muy exaltada: Mira. Encontré su foto en el periódico. Ha vuelto. No hay error, es idéntico el nombre, mismo rostro, y el cuello delgado... Hasta el lunar en su frente es exacto. Viene con el grupo de trapecistas que se presenta mañana. Tenemos que ir… Amapola no puede concebir que no quiera verla. Tienes que ir. Lo acusa de indiferencia, lo llama infiel. Pero si es tu Sandrine. Es nuestra Sandrine; repite desconcertada. Y Javier enojado, no cede. En el fondo siente horror ante la idea de ver nuevamente a la alocada francesa. Le asusta ver a su pareja así, arrebatada.
A la noche siguiente, Amapola se alista para salir. Javier casi no la mira, adivina cosas… sus cabellos recién recortados y el abrigo rojo que estrena. No se dicen más nada, sólo se escucha la puerta cerrar como una sentencia. Ella se ha marchado y él no necesita inventar ni imaginar nada para sentir, por segunda vez, una angustia gélida.
Poco más tarde, Amapola, en medio de decenas de espectadores, aplaude a contorsionistas de lentejuela. El acto final acaba de iniciar. Sandrine ha quedado sola en el trapecio. Es ella sin duda, la de las plumas alargadas y rojas. Anunciaron tres vueltas mortales y ya se escucha el redoble. Amapola se sonroja y apretando los labios, mira con atención. Adivina la sonrisa desafiante en el rostro de la trapecista, la temperatura de su cuerpo. El sudor transparente perlando la porcelana, allá en lo alto, y en su propia piel. Porque la adrenalina sube también para ella, imaginando lo que vendrá después. Después, cuando acabe perfectamente de pié y haga la venia en medio de aplausos, y más venias. Y todavía después de la fría espera en la puerta del teatro. El asombroso reencuentro, los besos, el reconocimiento de sus bocas de almendra y luego, por supuesto, en medio de una bañera clara, el vapor de sus cuerpos blancos.
A esa misma hora las lágrimas de Javier son escarcha. ¿Derretirán después?
lunes, 5 de enero de 2009
Cuentitus /Textos ESB, Dibujos Narda One
NARDOS CON AZÚCAR
Hilarión Pedro llegó a la cita acezante. Si Leonela todavía no se había marchado, seguro estaba furiosa. Ni modo, se decía, el retraso es tan humano como el amor y a mí me ha tocado amarla, idolatrarla. Mientras que ella...
Por suerte, no llegaba con las manos vacías. Acariciándola con la mirada, le acercó el ramito. Las que te gustan, Leíto… me acordé. Pero para su mala fortuna había equivocado el regalo. Eran jazmines, Hilarión, no nardos y la cita era a las cuatro, Hilarión, no a las cuatro y media. Hilarión, siempre meditabundo, apasionado, despistado y de común impuntual, también era imaginativo. Así que mientras Leonela le daba la espalda lentamente, con un efecto de cabellera bien logrado, él se aproximaba a la tiendita, compraba azúcar y la vertía sobre las flores rechazadas. Ahora sí, mi reina
¬-le gritó- un poquito de azúcar y ya son jazmines, vuelve a sentir su fragancia… No se sabe si seguía gritando con la esperanza de que volteara o ya con resignación: Vuelve Leo, los jazmines son sólo nardos azucarados…
Y claro, las engreídas Leonelas necesitan secreta y locamente esta clase de Hilariones Pedros capaces de armar cristalinos, frescos palacios de quimera y ternezas desde donde mirar seguras hacia afuera y de vez en cuando –esto lo más importante– soportar los vidrios rotos de sus metidas de pata por donde pasa el aire cierto que les despeina la vida. Quizá por ello, el meditabundo, apasionado, despistado, de común impuntual y siempre imaginativo Hilarión creyó divisar en su última mirada, antes de voltear, una chispa de amor.
¿Sería realmente de amor?, ¿Hilarión iría tras ella? Nada era seguro. En ese instante lo único cierto era la acaramelada embriaguez de los recientes jazmines que sostenía entre las manos.
Hilarión Pedro llegó a la cita acezante. Si Leonela todavía no se había marchado, seguro estaba furiosa. Ni modo, se decía, el retraso es tan humano como el amor y a mí me ha tocado amarla, idolatrarla. Mientras que ella...
Por suerte, no llegaba con las manos vacías. Acariciándola con la mirada, le acercó el ramito. Las que te gustan, Leíto… me acordé. Pero para su mala fortuna había equivocado el regalo. Eran jazmines, Hilarión, no nardos y la cita era a las cuatro, Hilarión, no a las cuatro y media. Hilarión, siempre meditabundo, apasionado, despistado y de común impuntual, también era imaginativo. Así que mientras Leonela le daba la espalda lentamente, con un efecto de cabellera bien logrado, él se aproximaba a la tiendita, compraba azúcar y la vertía sobre las flores rechazadas. Ahora sí, mi reina
¬-le gritó- un poquito de azúcar y ya son jazmines, vuelve a sentir su fragancia… No se sabe si seguía gritando con la esperanza de que volteara o ya con resignación: Vuelve Leo, los jazmines son sólo nardos azucarados…
Y claro, las engreídas Leonelas necesitan secreta y locamente esta clase de Hilariones Pedros capaces de armar cristalinos, frescos palacios de quimera y ternezas desde donde mirar seguras hacia afuera y de vez en cuando –esto lo más importante– soportar los vidrios rotos de sus metidas de pata por donde pasa el aire cierto que les despeina la vida. Quizá por ello, el meditabundo, apasionado, despistado, de común impuntual y siempre imaginativo Hilarión creyó divisar en su última mirada, antes de voltear, una chispa de amor.
¿Sería realmente de amor?, ¿Hilarión iría tras ella? Nada era seguro. En ese instante lo único cierto era la acaramelada embriaguez de los recientes jazmines que sostenía entre las manos.
sábado, 3 de enero de 2009
Cuentitus /Textos ESB, Dibujos Narda One
Una cuestión de peso
Cuando Ermenegildo conoció a Ratrudis, sintió que un nuevo peso se le venía encima. No tenía que ver con los huesos ampulosos ni las caderas carnosas de ella, sino más bien con su nombre. En aquel pueblo cristiano, ¿por qué bendito Dios le tocaba querer a una mujer con un nombre tan o más condenado que el suyo? Ermenegildo se consideraba una triste víctima de la pila bautismal, de la arbitrariedad de sus padres. En el colegio, en la universidad, en el trabajo, cuando se presentaba o cuando alguien lo llamaba se producían las burlas y agresiones en su contra, las que su delicado espíritu traducía en tormentosas pesadillas. Por eso Ermenegildo, a modo de desquite, abrigaba la esperanza de enlazar su vida a la de una mujer con bellísimo patronímico.
¿Pero qué se le podía hacer? Porque de querer, quiso a Ratrudis desde el primer instante. Así que se hicieron novios y Ermenegildo, entre miedoso y resignado, aguardaba las burlas que –así lo creía– ahora vendrían por duplicado. Pero se equivocaba, porque luego de los modestos esponsales, los que, quizás por cansancio o porque sobre el pastel de bodas se hacía demasiado obvia la estridencia de sus nombres enlazados o porque fastidiar a un casado no resultaba tan interesante como a un soltero,
transcurrieron sin un solo comentario antojadizo. Pasada la breve luna de miel, los esposos continuaron con su modesta rutina.
Ermenegildo y Ratrudis trabajaban mucho y se veían casi exclusivamente por las noches y cumplido el ritual del amor, dormían uno en brazos de la otra. Se amaban intensamente y sin aspavientos. Tanto, que compartían hasta los sueños, protagonizando cada noche una aventura diferente en la que siempre sucedía que ella le llamaba Eduardo y él se dirigía a ella como Raquel; como todos los otros personajes de su vida nocturna.
En la diurna, el tiempo avanzaba borrando los sinsabores del pasado. Tuvieron un hijo. Lo bautizaron Olegario.
Cuando Ermenegildo conoció a Ratrudis, sintió que un nuevo peso se le venía encima. No tenía que ver con los huesos ampulosos ni las caderas carnosas de ella, sino más bien con su nombre. En aquel pueblo cristiano, ¿por qué bendito Dios le tocaba querer a una mujer con un nombre tan o más condenado que el suyo? Ermenegildo se consideraba una triste víctima de la pila bautismal, de la arbitrariedad de sus padres. En el colegio, en la universidad, en el trabajo, cuando se presentaba o cuando alguien lo llamaba se producían las burlas y agresiones en su contra, las que su delicado espíritu traducía en tormentosas pesadillas. Por eso Ermenegildo, a modo de desquite, abrigaba la esperanza de enlazar su vida a la de una mujer con bellísimo patronímico.
¿Pero qué se le podía hacer? Porque de querer, quiso a Ratrudis desde el primer instante. Así que se hicieron novios y Ermenegildo, entre miedoso y resignado, aguardaba las burlas que –así lo creía– ahora vendrían por duplicado. Pero se equivocaba, porque luego de los modestos esponsales, los que, quizás por cansancio o porque sobre el pastel de bodas se hacía demasiado obvia la estridencia de sus nombres enlazados o porque fastidiar a un casado no resultaba tan interesante como a un soltero,
transcurrieron sin un solo comentario antojadizo. Pasada la breve luna de miel, los esposos continuaron con su modesta rutina.
Ermenegildo y Ratrudis trabajaban mucho y se veían casi exclusivamente por las noches y cumplido el ritual del amor, dormían uno en brazos de la otra. Se amaban intensamente y sin aspavientos. Tanto, que compartían hasta los sueños, protagonizando cada noche una aventura diferente en la que siempre sucedía que ella le llamaba Eduardo y él se dirigía a ella como Raquel; como todos los otros personajes de su vida nocturna.
En la diurna, el tiempo avanzaba borrando los sinsabores del pasado. Tuvieron un hijo. Lo bautizaron Olegario.
viernes, 2 de enero de 2009
Cuentitus /Textos ESB, Dibujos Narda One
La muerte viene a caballo
Volteó la cara y como lo temía, allí estaba ella, la espléndida,
la muerte que se le aproximaba montando un corcel negro de crines desordenadas.
Hacía tiempo que le venía pisando los talones…
-No. Todavía no –clama el hombre, adivinando sus negras intenciones.
Pero ya es tarde.
La maligna carcajea y con un feroz alarido anuncia el desenlace…
y en ese preciso instante, la bestia azabache se desploma como fulminada por un rayo, ante los ojos angustiados del hombre
que perplejo mira como ella, la esplendida, la muerte
-entre rezongos y gruñidos- se sacude el polvo de la caída…
Volteó la cara y como lo temía, allí estaba ella, la espléndida,
la muerte que se le aproximaba montando un corcel negro de crines desordenadas.
Hacía tiempo que le venía pisando los talones…
-No. Todavía no –clama el hombre, adivinando sus negras intenciones.
Pero ya es tarde.
La maligna carcajea y con un feroz alarido anuncia el desenlace…
y en ese preciso instante, la bestia azabache se desploma como fulminada por un rayo, ante los ojos angustiados del hombre
que perplejo mira como ella, la esplendida, la muerte
-entre rezongos y gruñidos- se sacude el polvo de la caída…
jueves, 1 de enero de 2009
Cuentitus /Textos ESB, Dibujos Narda One
19 de Febrero: inundación
Estoy bien… Si… si querida… seguro, seguro, no pasa nada… Por acá todo en calma –tranquilizaba el hombre a su esposa con la boca pegada al celular.
Incluso alcanzó a presionar el botón de apagado, casi con una sonrisa. Pero ya un lenguetazo de agua le entraba por las narices y perdía el equilibrio.
Sumergido por entero en aquel barro de agua, tuvo la certeza de cuánto la quería. Entonces… ¿para qué preocuparla?
Estoy bien… Si… si querida… seguro, seguro, no pasa nada… Por acá todo en calma –tranquilizaba el hombre a su esposa con la boca pegada al celular.
Incluso alcanzó a presionar el botón de apagado, casi con una sonrisa. Pero ya un lenguetazo de agua le entraba por las narices y perdía el equilibrio.
Sumergido por entero en aquel barro de agua, tuvo la certeza de cuánto la quería. Entonces… ¿para qué preocuparla?
Cuentitus /Textos ESB, Dibujos Narda One
Sobre poetas e insectos
Si en el mundo sólo quedaran poetas…
Se la pasarían contemplando a los insectos.
Y viceversa.
Si en el mundo sólo quedaran poetas…
Se la pasarían contemplando a los insectos.
Y viceversa.
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