martes, 6 de enero de 2009

Cuentitus /Textos ESB, Dibujos Narda One

Memorias de vapor y escarcha

Fue después del segundo encuentro de sus cuerpos cuando, en medio de susurros amorosos y confesiones entrecortadas, él le habló de Sandrine. Lo primero que dijo fue que a ella le gustaba la tina sin burbujas y el agua clara. Luego de una pausa llena de melancolía, contó más… Amapola, después del primer asombro, lo escuchó en silencio, con atención; y con los ojos entrecerrados, imaginó la escena: él acariciando aquel cuerpo blanco de europea, ella escribiendo mensajes y bromas en clave en el vapor de la cortina plástica. En los días siguientes, con frecuencia, le asaltaban pensamientos de Sandrine y la bañera.

A Sandrine le encantaba usar una gabardina roja que le llegaba a mitad de la canilla; y el día que partió, cortó sus cabellos al ras. Sandrine tenía el empeine con el arco pronunciado por el ballet, se torcía el tobillo con frecuencia y gustaba de sentir el viento helado en las palmas de las manos, por entre los dedos extendidos. Sus palabras eran escasas y torpes, sus caricias atrevidas, lentas. Amapola coleccionaba piezas del recuerdo de Sandrine.

Javier no supo si la primera vez se refirió a ella como uno se refiere a un objeto precioso, si es que sólo había pensado en voz alta. Ahora no podría decir si en el fondo lo había hecho por vanidad, es decir, para ofrecer una imagen interesante de sí mismo –el boliviano que perdió la virginidad con una chica de otro país– o ¿fue para provocar celos? Lo cierto es que cuando creyó que sus comentarios incomodaban a su pareja
–hablaba de Sandrine y las blanquísimas mejillas de Amapola enrojecían sin una palabra– los suspendió de golpe, con remordimiento.
Pero una mañana, en el desayuno, Amapola preguntó con familiaridad: ¿Recuerdas acaso si le gustaban las empanadas de queso y jamón? Y Javier tardó en comprender que se refería a Sandrine. Sí, no sé… tal vez. De eso no me acuerdo… pero lo que le gustaba seguro eran los buñuelos y la miel de caña, respondió confundido. Desde entonces, la francesa pasó a ser tema corriente de sus pláticas. Amapola indagaba directamente sobre ella, o hacía comentarios del tipo: esto seguro que le hubiera gustado. O, ¿ves?, lo mismo te decía ella... Como si la conociera de antes. Y a él acabó por complacerle el interés con el que su enamorada seguía la narración del pasado romance.

Hasta llegó a creer que los recuerdos que atesoraba eran parte de sus atributos personales, como lo eran su voz varonil o su talento para la cocina. Que haber sido capaz de amar intensamente, hasta el punto de compartir con quien sabe quien a aquella mujer extraordinario, lo hacía más interesante. Y le conmovía la sensibilidad de Amapola, capaz de valorar esa historia. Me quiere tanto –se decía– que puede dejar en suspenso los celos y admirar a Sandrine. Tal que casi sin darse cuenta de lo que hacía, empezó a inventar. Primero lo de los baños de arena, era lindo imaginar los cabellos de Sandrine en desorden y su rostro de durazno emergiendo de la greda; luego su afición por subir a la pampa y escabullirse en medio de rebaños de ovejas, balando como ellas, entre ellas, una más. Eso era algo que perfectamente podía esperarse… Así, iba rellenando los vacíos de la memoria de Sandrine.

Al cabo de tantos inventos, la lejana amante dejó de lastimar. Finalmente se había transformado en una especie de leyenda o personaje de ficción. Mientras que para Amapola, sucedía a la inversa. Sandrine iba ganando espacio y se había instalado perturbadora entre sus vidas.

Javier no pudo evitar que colgara de las paredes de la casa que compartían la única foto que conservaba de ella. A regañadientes, la acompañó a comprar un abrigo rojo como el de Sandrine. Y acabó por desagradarle que delante de sus amigos hablara de la “ex de su novio” con naturalidad y hasta cariño. Sin embargo, pese a sus rarezas, Javier estaba cada vez más enamorado de Amapola.

Y así iban las cosas, hasta que una mañana, no diferente a cualquier otra, Javier regresó del trabajo para descubrir a su novia muy exaltada: Mira. Encontré su foto en el periódico. Ha vuelto. No hay error, es idéntico el nombre, mismo rostro, y el cuello delgado... Hasta el lunar en su frente es exacto. Viene con el grupo de trapecistas que se presenta mañana. Tenemos que ir… Amapola no puede concebir que no quiera verla. Tienes que ir. Lo acusa de indiferencia, lo llama infiel. Pero si es tu Sandrine. Es nuestra Sandrine; repite desconcertada. Y Javier enojado, no cede. En el fondo siente horror ante la idea de ver nuevamente a la alocada francesa. Le asusta ver a su pareja así, arrebatada.

A la noche siguiente, Amapola se alista para salir. Javier casi no la mira, adivina cosas… sus cabellos recién recortados y el abrigo rojo que estrena. No se dicen más nada, sólo se escucha la puerta cerrar como una sentencia. Ella se ha marchado y él no necesita inventar ni imaginar nada para sentir, por segunda vez, una angustia gélida.

Poco más tarde, Amapola, en medio de decenas de espectadores, aplaude a contorsionistas de lentejuela. El acto final acaba de iniciar. Sandrine ha quedado sola en el trapecio. Es ella sin duda, la de las plumas alargadas y rojas. Anunciaron tres vueltas mortales y ya se escucha el redoble. Amapola se sonroja y apretando los labios, mira con atención. Adivina la sonrisa desafiante en el rostro de la trapecista, la temperatura de su cuerpo. El sudor transparente perlando la porcelana, allá en lo alto, y en su propia piel. Porque la adrenalina sube también para ella, imaginando lo que vendrá después. Después, cuando acabe perfectamente de pié y haga la venia en medio de aplausos, y más venias. Y todavía después de la fría espera en la puerta del teatro. El asombroso reencuentro, los besos, el reconocimiento de sus bocas de almendra y luego, por supuesto, en medio de una bañera clara, el vapor de sus cuerpos blancos.

A esa misma hora las lágrimas de Javier son escarcha. ¿Derretirán después?

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