sábado, 3 de enero de 2009

Cuentitus /Textos ESB, Dibujos Narda One

Una cuestión de peso

Cuando Ermenegildo conoció a Ratrudis, sintió que un nuevo peso se le venía encima. No tenía que ver con los huesos ampulosos ni las caderas carnosas de ella, sino más bien con su nombre. En aquel pueblo cristiano, ¿por qué bendito Dios le tocaba querer a una mujer con un nombre tan o más condenado que el suyo? Ermenegildo se consideraba una triste víctima de la pila bautismal, de la arbitrariedad de sus padres. En el colegio, en la universidad, en el trabajo, cuando se presentaba o cuando alguien lo llamaba se producían las burlas y agresiones en su contra, las que su delicado espíritu traducía en tormentosas pesadillas. Por eso Ermenegildo, a modo de desquite, abrigaba la esperanza de enlazar su vida a la de una mujer con bellísimo patronímico.

¿Pero qué se le podía hacer? Porque de querer, quiso a Ratrudis desde el primer instante. Así que se hicieron novios y Ermenegildo, entre miedoso y resignado, aguardaba las burlas que –así lo creía– ahora vendrían por duplicado. Pero se equivocaba, porque luego de los modestos esponsales, los que, quizás por cansancio o porque sobre el pastel de bodas se hacía demasiado obvia la estridencia de sus nombres enlazados o porque fastidiar a un casado no resultaba tan interesante como a un soltero,
transcurrieron sin un solo comentario antojadizo. Pasada la breve luna de miel, los esposos continuaron con su modesta rutina.

Ermenegildo y Ratrudis trabajaban mucho y se veían casi exclusivamente por las noches y cumplido el ritual del amor, dormían uno en brazos de la otra. Se amaban intensamente y sin aspavientos. Tanto, que compartían hasta los sueños, protagonizando cada noche una aventura diferente en la que siempre sucedía que ella le llamaba Eduardo y él se dirigía a ella como Raquel; como todos los otros personajes de su vida nocturna.

En la diurna, el tiempo avanzaba borrando los sinsabores del pasado. Tuvieron un hijo. Lo bautizaron Olegario.

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